La fiesta comenzaba con el jueves lardero, fecha en la que se preparaban “les pilotes de carnestoltes”: preparadas a base de pan rallado, huevo y carne del caldo troceada a la que se le añadía trocitos de chorizo, longaniza, ajos, perejil y jamón; y se servían acompañando un caldo de presa, bien caliente.
En esta festividad eran los quintos los encargados de preparar el pino y la leña para la hoguera, pidiéndola por las masías y el pueblo. Se encendía el domingo de carnaval. La quintada hacía toda la semana fiesta, tenían por costumbre comprar en “el Mas de San” un choto, al que toreaban y luego guisaban. Como anécdota decir que a finales de los años veinte la hoguera y el pino eran tan grandes que acabaron quemando “lo campanal”, que acabó reconstruyéndose tras la guerra en forma de pirámide cuadrangular.
También algunas mujeres, con la cara y la ropa manchadas de “follí”, salían a la calle con escobas llenas de ceniza manchando a los que se encontraban.
En la mayoría de las casas se hacían buñuelos y se servían con miel.
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Tras la guerra se prohíben todas estas manifestaciones festivas, aunque los niños salían al campo a merendar, luego se revestían cogiendo como disfraces los forros de prendas poco usadas, pijamas viejos, pañuelos de color y todos aquellos complementos que transfiguraban la personalidad de quien los utilizaba. Así paseaban por el pueblo y en alguna casa les invitaban a pastas. |