Comenzaba con “lo día de la confesera”, acudían al pueblo varios curas de localidades vecinas y tras un acto de penitencia general pasaba cada persona a confesar sus faltas al sacerdote con el que tuviera más confianza. Los curas llevaban un estricto control de los fieles que confesaban y comulgaban. Era habitual, al finalizar la misa, pasar por la sacristía “a fe la creu”, costumbre mantenida hasta mediados de los años sesenta.
En la tarde del Miércoles Santo y la mañana del Jueves Santo se preparaba el monumento conocido en la localidad como “lo molimén”. Estaba instalado en el actual altar de La Purísima y separado del resto por paños morados que tapaban el hueco desde la columna hasta la pared del altar mayor. Por una escalinata alfombrada se accedía hasta el sagrario que contenía el Santísimo. Adornaban el altar, ramos de almendro u otros frutales en flor y candelabros con velas. Durante la celebración de los Santos Oficios, en la tarde del jueves santo, se trasladaba el Santísimo al “molimén” y se velaba por dos o más personas, postradas en los reclinatorios, a turnos hasta los Oficios del Viernes Santo.
Una cuadrilla de monaguillos ataviados con sus respectivas albas y portando en sus manos unas “matracas” (instrumento de percusión hecho de madera, que sustituía a la campanilla en este tiempo litúrgico) recorrían las calles del pueblo y en cada uno de los puntos donde el alguacil o alguacila pregonaba, ellos paraban y a coro recitaban el siguiente aviso: “homens y dones als oficis, que va´l primé, segundo o tercé toc” y marchaban hasta la siguiente parada haciendo sonar sus matracas. Tras acabar el recorrido avisando el “tercé toc” entraban en el templo y el sacerdote los situaba en el altar mayor, a su lado y comenzaba los Oficios.
El Viernes Santo se repetía por la mañana la misma ceremonia, pero cambiando el mensaje, decían ahora: “homens y dones a les creus, que va´l prime, segundo o tercé toc”. Cuando llegaban a la Iglesia el cura comenzaba ahora el Vía Crucis. Por la tarde los monaguillos avisaban de nuevo, con su: “homens y dones al sermó, que va´l primé,..., toc”.
Esta costumbre se mantiene todavía viva en la actualidad. Dependiendo de las obligaciones del cura con las parroquias que atiende, el viernes solo hace un acto.
Desde 1940 hasta la década de los sesenta, el día de Viernes Santo, se hacía el Vía Crucis de Pasión por un itinerario urbano establecido y con la participación mayoritaria de todo el pueblo. Abría la comitiva el sacristán portando la cruz, le seguían a corta distancia, el sacerdote con sus monaguillos y a continuación los fieles, en sendas filas, diferenciadas en cada una los hombres y las mujeres. El recorrido lo hacían saliendo de la iglesia y giraban, calle abajo, en dirección a la Cruz de las Eras (situada donde actualmente se emplaza el transformador eléctrico, al lado de la piscina), allí se ubicaba un gran pedestal de piedra, de forma cilíndrica, con una cruz de madera clavada en el centro, donde se rezaba la primera estación. Luego, seguían dirección hacia San Cristóbal y subían hasta la ermita, haciendo las sucesivas estaciones, para volver por la calle del Ráfec a la iglesia. Se rememoraba asía el penoso camino que Cristo hizo hasta el monte Calvario.
Se mantenía la abstinencia comiendo “los fesols de dijuni en alioli y abadexo”: comida a base de judías blancas, sin carne, con salsa de aceite, ajo y huevo y bacalao desalado para segundo.
El Sábado Santo, por la noche, era la Vigilia Pascual. Se hacía una pequeña hoguera, enfrente de la puerta del templo. Allí se encendía el Cirio Pascual con el que se entraba en la iglesia, en procesión.